El auge del populismo antinmigratorio en Europa

Frontera entre Serbia y Hungria. En el lado Serbio. Miles de refugiados atrapados en la frontera entre Serbia y Hungria intentaron acceder a Hungria pero la policia de ese pais se lo impidio. Decenas de personas se enfrentaron entonces para a los antidisturbios en la frontera.

Cuando pensamos en naciones definidas por las migraciones, nos vienen a la cabeza casos como los de Estados Unidos, Nueva Zelanda o Australia, en cuya identidad está imbricada la diversidad de sociedades conformadas por extranjeros y por sus descendientes. Pero en los últimos 150 años también Europa ha sido el escenario de grandes flujos migratorios —forzosos y voluntarios— que han acarreado importantes transformaciones sociales, económicas, demográficas y políticas, así como respuestas políticas de todo tipo.

Si en los siglos XVIII y XIX Europa exportó abundante mano de obra y participó en la colonización de América, África y Oceanía, la violencia del siglo XX y las guerras mundiales provocaron desplazamientos y reasentamientos forzados masivos de refugiados y de minorías que quedaban desplazadas en el nuevo diseño de fronteras y el nuevo orden mundial. En cuanto a la emigración económica, la merma poblacional de la Segunda Guerra Mundial y la necesidad de reconstruir Europa generó la admisión de trabajadores del sur de Europa y del norte de África y Turquía, que alcanzó su auge en los años 60 y 70. Muchos de ellos se quedaron y formaron sus familias y sus propias comunidades, que cambiaron ya la geografía humana de la vieja Europa.

Fue en esa época cuando empezaron a establecerse procedimientos de control migratorio y a manifestarse las diferencias en las condiciones laborales de los migrantes, las bolsas de trabajo irregular y la formación de guetos en las grandes ciudades de los países receptores. A ello se añadió la absorción de los flujos producidos por las descolonizaciones: no solo se trataba de los colonos retornados, funcionarios y militares, sino toda la población mestiza y local con derecho a instalarse en la antigua metrópoli.

Las primeras políticas migratorias de finales del siglo XIX y comienzos del XX (el asimilacionismo francés y el sistema alemán del Gastarbeiter o “trabajadores invitados”) colocaban al inmigrante junto al extranjero, como dos categorías privadas de ciudadanía y por tanto sometidas a leyes y censos diferentes. El flujo de estas estaba básicamente gestionado por las grandes empresas y el Estado entraba marginalmente para regular los aspectos administrativos, el control de fronteras y el orden público.

En este espacio de “no ciudadanía plena” empezaron, con el tiempo, a convivir inmigrantes económicos, habitantes retornados de las colonias, refugiados y apátridas, por lo que los flujos de personas irrumpen en la agenda política interna e internacional para quedarse.

El origen del mensaje antinmigratorio

Como ha definido bien la Fundación Friedrich Ebert, las actitudes antinmigrantes están dirigidas contra personas que son percibidas como extranjeras o inmigrantes, sin necesidad de serlo. Se trata de un prejuicio con tres características básicas: primero, la categorización como “extranjeros” es muy flexible; segundo, depende del contexto político e histórico del país de acogida; finalmente, están estrechamente vinculadas a elementos como el racismo y las actitudes antimusulmanas.

De ese estudio se deriva una relación especialmente fuerte entre las actitudes antimusulmanas y las de antinmigración (sobre todo en Gran Bretaña, Francia, Países Bajos, Italia, Alemania, Austria, Polonia, Hungría y la República Checa). Las actitudes antimusulmanas se dirigen contra personas que se cree que son musulmanas y al margen de que sean religiosas o a qué rama del Islam pertenezcan, siendo un sentimiento anti-Islam (considerado como religión intolerante). En los países donde hay una gran población de inmigrantes musulmanes, la tendencia es a equiparar ambos términos, siendo percibidos todos los musulmanes como inmigrantes, independientemente de su lugar de nacimiento y al igual que con los judíos, se tiende a no incluirlos como un componente de la sociedad sino como a un elemento externo a ella.

¿Pero cuándo empezó a fraguarse la retórica moderna de la antinmigración? Puede situarse entre los años 60 y 70, debido a un doble efecto: el de los procesos descolonizadores en las migraciones por reagrupación y el de la crisis económica de comienzos de los 70, que reduce drásticamente la demanda de mano de obra en los países receptores de inmigración económica. Es entonces cuando la inmigración comienza a ser percibida como un problema de orden público y arma electoral que adquiere mayor o menor relevancia según la historia, cultura y demografía de cada país, pero que en general supone el origen de la convergencia de las políticas migratorias en Europa. Estas incipiente comunitarización de las políticas contempla el doble enfoque del control de los flujos y la lucha contra la irregularidad, por un lado, y de la integración social y de la regulación de la residencia, por otro.

Tres variables juegan un papel fundamental en este proceso: la institucional, la ideológica y la sociológica.

Desde una perspectiva institucional, los años 80 (con la firma de los acuerdos de Schengen —libre movilidad interna— y Dublín —obligación de tramitar el asilo en el primer país de llegada—), fueron esenciales en la evolución de las políticas migratorias comunitarias, que empezaron a verse plasmadas en el acervo comunitario a partir del Tratado de Ámsterdam, aunque aún con mecanismos intergubernamentales.

Los años 90 fueron restrictivos en cuanto a la lucha contra la inmigración clandestina y el control de fronteras, pero también supusieron un gran avance en el reconocimiento de derechos sociales y familiares a los inmigrantes con residencia legal (asistencia sanitaria universal y educación pública y gratuita), así como la igualdad de derechos en el terreno laboral.

El escenario posterior al 11 de septiembre de 2001 trajo la armonización y cooperación en materia de policía y de controles dejando pendientes las políticas en materia de integración de los extranjeros, reducidas a un mínimo por la defensa de la soberanía de los Estados miembros en esta materia. Ante la oportunidad de elegir entre libertad (esencia de la Unión Europea) y seguridad, se optó por esta última y la inmigración pasó rápidamente a ser percibida como una cuestión de orden público.

En segundo lugar está la perspectiva de las ideologías. Desde la ciencia política, Klaus Gustav Heinrich von Beyme diferenció tres olas de extrema derecha desde 1945:

  • La ola nostálgica (Alemania e Italia), con vínculos directos con anteriores gobiernos de extrema derecha que aparecieron en un momento de turbulencia social y económica pero que desaparecieron rápidamente.
  • La ola anti-impositiva de los años 50 y 60 (sobre todo en Francia, con Pierre Poujade como líder carismático), representada mayoritariamente por pequeños comerciantes y con elementos antisemitas.
  • La nueva tercera ola: una tendencia paneuropea que apareció durante los años 80 que sería el origen de la actual ola de populismo de derechas.

Por su parte, el sociólogo Ronald Inglehart identifica ya desde la Segunda Guerra Mundial una tendencia de cambio cultural en las prioridades de los valores materialistas o de supervivencia (seguridad económica, seguridad ciudadana, militar, orden público, etc) hacia lo que él llamó el “posmaterialismo”, fruto del aumento general de la seguridad y crecimiento económico de las décadas posteriores a la posguerra, y que eran valores de autorrealización y participación (la calidad de vida, el medioambiente, la paz, la autoexpresión individual, etc). En su obra “La revolución silenciosa” (1977), Inglehart descubrió un cambio intergeneracional en los valores de las sociedades industrialmente avanzadas, que en Europa Occidental sitúa entre 1979 y 1985. Esto no quiere decir que las cuestiones económicas hubieran dejado de preocupar, pero a finales de los 80 las cuestiones no económicas eran prioritarias en los programas políticos y en las encuestas. Los valores progresistas de la sociedad se generalizaron y apareció una nueva polarización del voto hacia temas culturales (inmigración, terrorismo, aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo, identidad de género, defensa del medioambiente, etc), enfrentando a partidos progresistas y verdes (que empezaron a aparecer en los años 70) con los partidos reaccionarios (como el Frente Nacional francés, entonces relativamente marginal). Según Inglehart y Norris, estos partidos populistas de derechas disfrutaron de un auge en los 70 y 80 para disminuir su apoyo en los noventa.

Según la teoría de la socialización, los valores adoptados en la primera infancia y la adolescencia condicionan los valores del adulto. Así, las generaciones crecidas con mayor seguridad existencial harán individuos más propensos a la apertura mental, la tolerancia, la secularización y la aceptación de la diversidad, frente a generaciones que crecieron en la escasez y la inseguridad, las cuales se sentirán opuestas a esta apertura. El género también influye en este cambio de tendencia y valores, desplazando a las sociedades patriarcales rígidas hacia el feminismo y el progresismo en sus diversas manifestaciones (creciente papel de la mujer en la economía y en la política, política y normativa de igualdad, conciliación laboral…). Estos cambios en los valores han causado resentimientos y conflictos culturales de los que han sacado provecho los populismos de derechas a través de su hostilidad e intolerancia hacia los inmigrantes, las minoría étnicas y raciales, refugiados o musulmanes.

Kitschelt y McGann, en su análisis comparado de la derecha radical en Europa Occidental, indaga en las razones por las que en unos países estos partidos populistas de derechas obtienen respaldo electoral y en otros no, observando que los cambios en la estructura social y económica no explican por sí solos este éxito, sino que hay que acudir a las luchas interpartidistas, sus organizaciones internas y las tradiciones ideológicas de los partidos para comprender estos éxitos. Lo que parece común a los países analizados es que los partidos autoritarios de la derecha radical emergen cuando los partidos de derecha moderados convergen hacia el centro dejándoles su espacio vital. Por consiguiente, el éxito de estos partidos depende de la estrategia empleada por los partidos políticos de derecha tradicional, derivandose de su análisis (de Austria, Dinamarca, Francia, Alemania, Italia, Noruega y Gran Bretaña) que los partidos de derecha radical con más éxito son aquellos que aúnan un firme discurso económico con mensajes autoritarios y etnocéntricos (incluso racistas).

En el terreno económico la extrema derecha también muestra diferencias en sus programas, la mayoría son proteccionistas y nacionalistas económicos pero hay otros (como el Partido Popular Suizo y el Partido del Progreso noruego) que rechazan el aumento en el gasto público y en la cobertura social del estado del bienestar y se inclinan hacia una mayor responsabilidad individual. En este sentido AfD tiene un programa liberal en lo económico, aunque propone la desaparición de la eurozona. El Frente Nacional francés, el Fidesz de Orban o los polacos de Ley y Justicia, son en cambio más proteccionistas y rechazan claramente el neoliberalismo apostando por programas antiausteridad, subsidios y políticas de apoyo económico directo a las familias con medidas claramente intervencionistas.

Radiografía del discurso contra los inmigrantes

Debido a la esencia dinámica de los movimientos de personas en un entorno tan cambiante y con un origen tan variado (migrantes económicos, medioambientales, los que huyen de la miseria y la falta de futuro, los solicitantes de asilo, los refugiados, etc.) la inmigración es terreno abonado para el conflicto y para la indefinición o confusión de derechos y marcos jurídicos concretos o garantistas. La dignidad y los derechos de los migrantes pasan a un segundo plano, ante la preocupación por la seguridad. El migrante es sujeto y a la vez objeto de controles y obligaciones, pasa a ser ‘el otro’, el ‘potencial enemigo’ (terrorista, delincuente, clandestino, abusador del sistema social, etc) dando combustible a la maquinaria del miedo y el discurso antimigratorio.

El problema del auge de los populismos de extrema derecha es algo que ya preocupaba a finales del siglo veinte (como atestiguan investigaciones como las de Kitschelt y McGann en 1995, o el estudio de tres décadas de populismo realizado por Mudde en 2013) y, por tanto, supone un problema mucho más de fondo que una simple tendencia coyuntural. Además, dicha tendencia podría suponer riesgos como los descritos por Arendt (barbarie), por Foa y sus colegas en 2017 (desconsolidación democrática), por Zakaria (pérdida de libertades, tendencia hacia democracias iliberales) o por Mounk (deriva hacia liberalismos no democráticos).

El informe anual de Amnistía Internacional 2016/2017 pone de manifiesto el potencial de la retórica del odio, del “nosotros contra ellos” a la que se han apuntado una larga lista de dirigentes que se “autodenominan antisistema y esgrimen una política de demonización que acosa, convierte en chivos expiatorios y deshumaniza a grupos enteros de personas para obtener el apoyo del electorado”. Esta retórica excluyente y xenófoba ha adquirido una generalización no vista desde el periodo de entreguerras, con internet como combustible de propagación de mensajes populistas, de odio, noticias falsas y bulos que tratan de disfrazarse como libertad de expresión pero que alimentan una narrativa tóxica “imposible de aislar.

Pero los argumentos antinmigrantes (en particular contra los musulmanes) han ido mucho más allá de las conversaciones de café y de los reductos de partidos extremistas para ser abrazados por políticos de los partidos tradicionales. Y esto se traduce en un crecimiento del discurso populista xenófobo, según indica en su último informe la Comisión Europea Contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI). En él se resalta que hay una xenofobia institucional que se manifiesta en políticas y prácticas en algunos de los Estados miembros de la UE. La islamofobia aparece a través del discurso del odio, la violencia y la identificación por etnia o religión. Los musulmanes son discriminados en Europa en varios aspectos de la vida social, incluyendo la educación, el empleo y la vivienda. Además, ECRI apunta que los incidentes de islamofobia en Europa no están siendo suficientemente bien reportados y documentados.

Y el discurso, eventualmente, se ha ido traduciendo en políticas preventivas hacia la inmigración, como si de una infección se tratase, con serias implicaciones en los derechos de los migrantes. Por ejemplo en la externalización del control migratorio, comenzando con las fronteras exteriores del espacio Schengen y continuando con las fronteras de los países de tránsito (Turquía, Libia y Marruecos, entre otros), como si las fronteras fueran móviles, con implicaciones terribles para los derechos y tutela de los potenciales migrantes. De esa despersonalización del migrante, por la que acaba siendo tratado como número y no como persona con derechos, se nutre la retórica antinmigrante, que transforma a las personas en flujos, en cantidades y, a la postre, en supuesta amenaza física para la paz social.

El sentimiento antinmigrante se ha desarrollado respondiendo, básicamente, a dos perspectivas: la económica (el miedo a que se les dé preferencia en servicios sociales, en el empleo, etc) y la cultural (como amenaza para los valores y cultura nacional, como amenaza demográfica, etc).

Según Rob Ford, de la Universidad de Manchester, la opinión pública en su actitud hacia los inmigrantes presenta tres rasgos esenciales:

Está cada vez más polarizada: la opinión pública no es en general más negativa respecto a los inmigrantes pero sí que está cada vez más dividida según edad, educación, clase social y contacto con la población migratoria. Según este planteamiento, un joven con educación, de clase media y en contacto con los inmigrantes tienden a ser más positivo acerca de la migración; por el contrario, las personas mayores, con menor nivel educativo, de clase obrera y en comunidades o barrios más alejados de los migrantes tienden a ser negativos. En el terreno político, la actitud antimigratoria encuentra eco en formaciones y partidos hostiles de una manera más expresa y concreta que los partidarios de la migración, para los que es una ‘no cuestión’ y por tanto se centran en otros asuntos.
Las características de los migrantes son importantes a la hora de tener una opinión. La alta capacitación o habilidad de un migrante se valora positivamente, por encima de su país de origen. Sin embargo, en el caso de migrantes con menos habilidades, el componente étnico o religioso pasa a ser más tenido en cuenta, como si se estableciera una “pena étnica” (así, entre los migrantes no capacitados, se acepta antes a un ciudadano de Europa Oriental sobre uno de Pakistán, por ejemplo). Es decir, a la hora de valorar a un migrante se tiene en cuenta su aportación económica al sistema. En el caso de los estudiantes esta valoración es más neutra y suele ser positiva, sobre todo si el nivel de estudios es superior.

Los migrantes se consideran menos merecedores de asistencia social. En este apartado, la diferencia étnica o cultural tiene un efecto diferente según el país analizado (por ejemplo, en Gran Bretaña tiene un componente negativo mientras que en los Países Bajos no tanto). En esta valoración juegan dos factores importantes: la inseguridad económica (que fomenta el apoyo a los demandantes blancos de bienestar) y el prejuicio contra las minorías (reduce el apoyo a los solicitantes migrantes). Es decir, que los nativos blancos sin problemas económicos no discriminan a inmigrantes o minorías por el hecho de serlo. Respecto a políticas sociales o asistenciales dirigidas a los inmigrantes, el factor ideológico es determinante, es decir, que el apoyo a una política redistributiva entre ricos y pobres, es mucho más fuerte que el apoyo a programas asistenciales orientados por razón de etnia.

La narrativa sobre las personas en movimiento o migrantes se ha convertido en los últimos años en un discurso hegemónico y negativo, basado en la excepcionalidad, el miedo, la seguridad, la gestión de flujos, olvidando que son personas con derechos y sobre todo con una absoluta falta de compromiso político por parte no solo de gobernantes, sino de los partidos políticos en general. En ese discurso hegemónico y negativo ha nacido y crecido una nueva ola de ultraderecha xenófoba y, más allá, una retórica antinmigración que en mayor o menor medida ha contagiado a partidos tradicionales.

Apoyándose en justificaciones económicas (“los inmigrantes nos roban el trabajo”), culturales (“deterioran nuestras tradiciones y costumbres”) o de seguridad (“son el origen de nuestros problemas sociales y de seguridad”), responsables políticos, gobernantes y algunos medios de comunicación trasladan una sensación de excepcionalidad y de riesgo en esos movimientos de personas para justificar la excepcionalidad de los medios para solucionarlo. Lo que subyace en realidad es su incapacidad o su falta de coraje para adoptar soluciones a medio o largo plazo, como abrir canales legales o asumir las responsabilidades y los compromisos adquiridos. La movilidad humana se ha convertido exclusivamente en un problema de seguridad, con una respuesta policial e incluso militar y con medios logísticos y tecnológicos externalizados, de los que se nutre un sector empresarial y armamentístico que prolifera a la sombra de este discurso del miedo.

La contaminación del discurso político

El discurso antinmigración es, lamentablemente, común a varios movimientos y partidos europeos, cuando no está implícitamente en los programas o declaraciones de partidos tradicionales.

Esta hostilidad hacia los migrantes aparece en todos los programas de la extrema derecha actual, así como en los llamados nuevos populismos de derechas. Estos mensajes aparecen en casi toda la Unión Europea, en países con diferentes gobiernos, distintos contextos históricos y culturales, e independientemente de su situación económica.

La ultraderecha europea

Al igual que en el fascismo y el nazismo del siglo XX, la ultraderecha actual ha resurgido en el contexto de crisis económica y de creciente inseguridad, pero sus mensajes se identifican hoy con un sentimiento euroescéptico, antiglobalización, ultraconservador y nacionalista que encuentra en la inmigración al chivo expiatorio perfecto, al luchar contra el otro de una forma nacionalista y, en ocasiones, xenófoba y racista. En cuanto a su ideología, es complicada de concretar, ya que pueden predominar elementos anticapitalistas, antiliberales o tradicionalistas, y los nexos de unión pueden ser la religión, la cultura o identidad nacional, la etnia, el anticomunismo, la xenofobia, el antisemitismo e incluso el bienestar social alcanzado o la nostalgia de un pasado más glorioso. Aterrizando en el panorama europeo actual podemos distinguir varios tipos de ultraderecha:

  1. Aquellos partidos con una clara identidad antieuropea y xenófoba, y en particular islamófoba pero liberales en lo social (apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo, a causas feministas, etc.) y con discurso no antisemita e incluso atlantista (sobre todo después de la llegada de Trump a la Presidencia de EEUU), sin mensajes especialmente agresivos hacia otras etnias o religiones (salvo en lo que afecta al Islam). En este perfil entraría el partido de Geert Wilders en Holanda, el FPO austriaco, AfD en Alemania, el Vlaams Belang belga o el Partido del Progreso noruego.
  2. Los partidos neofascistas clásicos con discurso antisemita, anti-romaní, anticomunista, xenófobo, islamófobo, homófobo, racista, nacionalista étnico, y tradicionalistas. En este tipo cabrían los partidos derivados directamente de antiguos ancestros fascistas (Amanecer Dorado griego, Jobbik en Hungría, el Partido Nacional Británico o el partido checo SPD Libertad y Democracia Directa de Tomio Okamura).
  3. Un tercer tipo más heterogéneo con características de los anteriores, y que se centraría en temas como la eurofobia, el antiestablishment y la antinmigración en general, donde los mayores exponentes serían el Frente Nacional francés o el UKIP británico.

Las diferencias históricas, culturales y geográficas juegan un papel importante en los ideales de estos partidos. Por ejemplo, en los países de Europa del Este (marcados por la ocupación nazi o por su colaboracionismo, y posteriormente por el régimen soviético) el discurso anticomunista, irrendentista, nacionalista, antisemita y antigitano está más presente que el antimusulmán, pero se utiliza la islamofobia como agitador del miedo, a pesar de que la población de esta religión sea menor. En Europa Occidental, sin embargo, al haber sido ocupados por los nazis, dejan de lado el elemento antisemita, para concentrarse en el antimusulmán, siendo comparado el Islam con el propio nazismo, quitándole protagonismo al mensaje racista tradicional contra otras etnias (el antisemitismo como parte del ideario de ultraderecha varía también por países, y en casos como el del holandés Geert Wilders se convierte por el contrario en su enemigo, ya que en su obsesión contra el Islam, defiende los asentamientos de colonos judíos en Cisjordania como un ejemplo de coexistencia pacífica; por ello se le llegó a investigar por supuestos vínculos con el Mossad).

Un caso paradójico es el de España, que pese a las tasas intolerables de paro, desigualdad y corrupción, no tiene un partido de extrema derecha que supere el 1% de apoyo electoral. Las causas de esta anomalía europea son variadas y concurrentes, pero principalmente apuntan a la ausencia de una identidad nacional fuerte (asociada con el legado franquista y su abuso de la simbología y la retórica nacional-católica), la consolidación de los nacionalismos periféricos, la fortaleza de la identidad europea de los españoles frente a una menor identidad española o la mayor aceptación de las diferencias y del entorno mundial globalizado. Estos factores unidos a un partido de derecha como el Partido Popular, que alberga un abanico ideológico de centro hasta posturas ultraconservadoras, hace que no haya espacio para una formación de este tipo salvo de manera marginal.

Los nuevos populismos de derechas

Pero el fenómeno antinmigración excede de la etiqueta de la ultraderecha para englobar también el de los nuevos populismos de derecha. A partir de los años 90, partidos populistas de derecha obtuvieron representación parlamentaria en Europa (Francia, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Estonia, Rumania), otros entraron en coaliciones de gobierno (Suiza, Austria, Grecia, Eslovaquia, Lituania, Letonia, los Países Bajos e Italia) e incluso gobernaron en solitario como en el caso de Hungría y Polonia. Desde principios de esta década, movimientos y partidos antes marginales como el FN francés, la Liga Norte italiana, el PVV holandés, y el UKIP británico comenzaron a salir de la marginalidad y a ganar apoyos de las víctimas de la crisis financiera y de la zona euro. Los líderes de estos partidos culpaban a la UE, a las élites políticas y a la inmigración de todos los males de la sociedad. Hay dos teorías o hipótesis compatibles entre sí sobre el origen de estos nuevos populismos:

  • por una parte estaría la de los votantes de clases medias empobrecidas y sin expectativas de futuro (e incluso antigua clase trabajadora y dependientes de las ayudas sociales) que culpan a la globalización económica y a la deslocalización de la economía de sus desgracias,
  • y por otra, se explicaría este viraje ideológico en elementos identitarios y culturales, en los que el odio al extranjero, al diferente, justificaría el auge de estas nuevas opciones políticas, situando el mensaje antinmigración (y en particular el discurso islamófobo) en el centro del programa electoral, con el pretexto de salvaguardar la seguridad y el orden público.

Con estos dos argumentarios (el económico/proteccionista y el identitario/xenófobo) líderes como Trump, Putin, Orbán o Erdogan ganaron elecciones.

La mayoría de los partidos populistas europeos tiene una corta historia, con una militancia muy escasa, en comparación de los tradicionales, y un perfil emocional muy elevado. Tratan de captar el descontento del elector por encima de los credos o ideologías, con programas ambiguos y simplistas, con líderes carismáticos de tipo paternalista o caudillista, muy presentes en las redes y los medios. Manifiestan su opinión en todos los temas de actualidad obligando a los partidos tradicionales a adoptar una posición defensiva e incluso a contagiarse de su retórica para no quedar fuera del debate.

Los nuevos populismos son tan heterogéneos que es difícil establecer una clara tipología o ideario pero lo que tienen en común es su “discurso anti”: se unen contra algo, su potencial no es creativo sino obstructivo. Y en particular es:

  • Antieuropeo: el rechazo a una mayor integración europea, a la unión monetaria, al espacio Schengen y a todo lo que implique algún control de la soberanía nacional. En todos los nuevos populismos aparece la eurofobia como punto común, bien por el odio a las elites burocráticas de Bruselas, a la cesión de soberanía y pérdida de la identidad nacional o por la apertura de fronteras que implica Schengen.
  • Antinmigración: el inmigrante como peligro para la identidad nacional.

El populismo de derechas no es un fenómeno coyuntural o temporal sino que parece haber llegado para quedarse, bien con la consolidación de los ya afianzados, con la creación de otros nuevos o incluso dominando la retórica de los partidos tradicionales, que para sobrevivir se adaptan a esta nueva forma de hacer política.

El caso de Hungría es paradigmático, de ser un caso ejemplar de transición neoliberal, hoy está gobernada por el partido Fidesz liderado por el autoritario Viktor Orbán que controla todas las instituciones, mientras el partido neofascista Jobbik ha consolidado su posición como el tercero más grande en el parlamento. Para acallar las críticas a su gestión, Orbán no ha dudado en fomentar la xenofobia y el racismo, culpando a los “extranjeros” de los problemas del país, llegando a convocar un referéndum antinmigración el pasado año.

Pero el caso de Orbán no es único, junto a sus vecinos del Grupo de Visegrad (Polonia, República Checa y Eslovaquia) y Austria, se enorgullecen de haber sellado las fronteras para no acoger parte de los solicitantes de asilo llegados a las costas de Italia y Grecia en estos años. Polonia, otro ejemplo de gobierno de extrema derecha, asocia sin matices que con ello tratan de “evitar una situación de inseguridad generada por atentados terroristas como los vividos en Francia, Alemania o Bélgica, algo que corresponde a los gobiernos nacionales”.